Tema 2
Momentos claves en el desarrollo de la física y de la química. Principales científicos o grupos de científicos implicados. Problemas físicos y químicos prioritarios en la investigación actual.
La física y la química no son cuerpos de conocimiento acabados, sino el resultado de un proceso histórico de construcción, corrección y revolución. Comprender ese proceso —cómo se formularon las grandes teorías, quiénes las desarrollaron y qué preguntas siguen hoy abiertas— forma parte de lo que hoy se denomina naturaleza de la ciencia, un contenido transversal que el currículo LOMLOE sitúa en el centro de la alfabetización científica. Este tema, encuadrado en el bloque A de carácter epistemológico y didáctico, ofrece una panorámica de los momentos clave del desarrollo de ambas ciencias, de los científicos y grupos que los protagonizaron, y de las líneas de investigación prioritarias en la actualidad.
Frente a la imagen ingenua de una ciencia que progresa de forma lineal y acumulativa, conviene adoptar una perspectiva más matizada. Como argumentó Thomas Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas (1962), el avance combina largos periodos de ciencia normal dentro de un paradigma con episodios de revolución en los que ese paradigma se sustituye. La historia de la física y la química ilustra bien esta dinámica: el paso de la física aristotélica a la mecánica newtoniana, el de la teoría del flogisto a la química de Lavoisier, o el de la física clásica a la cuántica no fueron simples ampliaciones, sino cambios profundos en el modo de entender la naturaleza.
Momentos claves en el desarrollo de la física y de la química
De la Antigüedad a la Revolución Científica
Las raíces se hallan en la ciencia griega. En el terreno de la materia, el atomismo de Leucipo y Demócrito (siglo V a. C.) postuló que todo está formado por partículas indivisibles (átomos) en el vacío, una intuición sin base experimental pero de enorme fecundidad futura. En física predominó durante casi dos milenios la física aristotélica, cualitativa y teleológica, que explicaba el movimiento por la tendencia de cada cuerpo a su “lugar natural”. En paralelo, la alquimia —heredera del saber grecoegipcio y árabe— acumuló durante siglos técnicas de laboratorio (destilación, calcinación) que la química posterior aprovecharía, pese a su marco teórico erróneo.
La Revolución Científica de los siglos XVI y XVII marca el nacimiento de la ciencia moderna. Copérnico (De revolutionibus, 1543) desplazó la Tierra del centro del cosmos; Kepler formuló las leyes del movimiento planetario; y, sobre todo, Galileo Galilei introdujo el método hipotético-deductivo apoyado en la experimentación y la matematización, estableciendo la cinemática moderna. La síntesis llegó con Isaac Newton, cuyos Philosophiae Naturalis Principia Mathematica (1687) reunieron la mecánica y la gravitación universal en un cuerpo teórico único, expresado por la ley fundamental de la dinámica:
La mecánica newtoniana se convirtió en el primer gran paradigma de la física y en modelo de rigor para todas las ciencias.
El nacimiento de la química moderna
La química tardó más en desprenderse de sus raíces cualitativas. El punto de inflexión fue la obra de Antoine Lavoisier, quien a finales del siglo XVIII introdujo la medida cuantitativa sistemática mediante la balanza. Refutó la teoría del flogisto con su explicación correcta de la combustión y la oxidación, y enunció la ley de conservación de la masa:
Su análisis de la descomposición del óxido de mercurio ilustró el papel del oxígeno:
Su Traité élémentaire de chimie (1789) fijó una nomenclatura racional y suele considerarse el acta de nacimiento de la química como ciencia cuantitativa. Poco después, John Dalton propuso su teoría atómica (1808), que explicaba las leyes ponderales (conservación de la masa, proporciones definidas de Proust, proporciones múltiples) mediante átomos con masa característica de cada elemento. La hipótesis de Avogadro (1811) distinguió átomo y molécula y permitió, tras el congreso de Karlsruhe (1860) y el trabajo de Cannizzaro, establecer masas atómicas coherentes.
El logro sintético del siglo XIX fue la tabla periódica de Dmitri Mendeléiev (1869), que ordenó los elementos por masa atómica creciente revelando la periodicidad de sus propiedades. Su fuerza predictiva —dejó huecos para elementos no descubiertos como el galio o el germanio, anticipando sus propiedades— la consagró como una de las mayores síntesis de la ciencia. En química orgánica, la síntesis de la urea por Friedrich Wöhler (1828) a partir de una sustancia inorgánica:
derribó la doctrina vitalista que reservaba los compuestos orgánicos a la “fuerza vital” de los seres vivos, y Kekulé aclararía la estructura del benceno (1865), abriendo la química estructural.
La consolidación de la física clásica
El siglo XIX fue también el de la gran unificación en física. La termodinámica, iniciada con el análisis de Carnot sobre las máquinas térmicas (1824), condujo a los principios de conservación de la energía (Joule, Mayer, Helmholtz) y de aumento de la entropía (Clausius, Kelvin). Boltzmann le dio fundamento microscópico con la interpretación estadística de la entropía:
En electromagnetismo, los trabajos experimentales de Faraday sobre inducción culminaron en la síntesis teórica de James Clerk Maxwell (1865), cuyas cuatro ecuaciones unificaron electricidad, magnetismo y óptica, prediciendo las ondas electromagnéticas que viajan a la velocidad de la luz:
A finales del siglo XIX, mecánica, termodinámica y electromagnetismo parecían un edificio casi completo. Esa confianza sería pronto desmentida.
La revolución cuántica y relativista
El cambio de siglo trajo la mayor revolución conceptual de la física. El estudio de la radiación del cuerpo negro llevó a Max Planck (1900) a postular que la energía se emite y absorbe en cantidades discretas o cuantos, cuya distribución espectral es:
introduciendo la constante y la relación fundamental . En su annus mirabilis de 1905, Albert Einstein explicó el efecto fotoeléctrico atribuyendo carácter corpuscular a la luz (fotones):
y formuló la relatividad especial, que unificó espacio y tiempo y estableció la equivalencia masa-energía:
La relatividad general (1915) reinterpretó la gravedad como curvatura del espacio-tiempo. En paralelo, la estructura de la materia se desvelaba: el electrón (Thomson, 1897), la radiactividad (Becquerel, 1896; Marie y Pierre Curie, aislamiento del polonio y el radio, 1898), el modelo nuclear de Rutherford (1911) y el modelo atómico de Niels Bohr (1913), con niveles de energía cuantizados:
La síntesis definitiva llegó con la mecánica cuántica: la hipótesis de las ondas de materia de De Broglie (1924), ; la mecánica matricial y el principio de incertidumbre de Heisenberg (1927):
y la ecuación de ondas de Erwin Schrödinger (1926):
Esta física cuántica proporcionó, ya en el siglo XX, la base para entender el enlace químico (Lewis, 1916; Pauling, 1939), la estructura del ADN (Watson, Crick, Franklin y Wilkins, 1953) y la electrónica del estado sólido, mostrando la profunda unidad entre física y química.
Principales científicos o grupos de científicos implicados
La historia anterior está jalonada por figuras cuya aportación conviene sintetizar. En el nacimiento de la ciencia moderna destacan Galileo (método experimental, cinemática) y Newton (mecánica y gravitación). La química debe su carácter cuantitativo a Lavoisier, su modelo atómico a Dalton, su ordenación periódica a Mendeléiev y su química estructural a Kekulé, Wöhler y, más tarde, Linus Pauling. En la física del XIX sobresalen Faraday y Maxwell (electromagnetismo), Carnot, Clausius y Boltzmann (termodinámica y física estadística). La revolución del siglo XX tuvo por protagonistas a Planck, Einstein, Bohr, Rutherford, Heisenberg, Schrödinger, Dirac y Marie Curie, primera persona en recibir dos premios Nobel (Física, 1903; Química, 1911).
Debe subrayarse un rasgo historiográfico importante: la ciencia rara vez es obra de un genio aislado. Las grandes síntesis se apoyan siempre en comunidades, correspondencia y controversia. Ya el propio Newton reconoció haber visto “más lejos por estar a hombros de gigantes”. El aparente protagonismo individual oculta con frecuencia colaboraciones y, muy en particular, la contribución de mujeres científicas históricamente invisibilizadas: además de Marie Curie, Rosalind Franklin (cuya difracción de rayos X fue decisiva para el modelo del ADN), Lise Meitner (interpretación teórica de la fisión nuclear) o Emmy Noether (teoremas de simetría y conservación) ejemplifican esa deuda.
A lo largo del siglo XX se produce, además, un cambio de escala hacia la ciencia en grande (big science): la investigación deja de depender de individuos y pequeños laboratorios para organizarse en grandes equipos, instalaciones e inversiones. El Proyecto Manhattan (dirigido por Oppenheimer, con Fermi entre otros) fue un temprano ejemplo. Hoy son paradigmáticos el CERN —cuya colaboración de miles de científicos descubrió el bosón de Higgs en 2012—, la colaboración LIGO/Virgo en ondas gravitacionales, el Proyecto Genoma Humano, el reactor de fusión ITER o el IPCC en ciencia del clima. Este tránsito del laboratorio artesanal a la big science se apoya en instituciones (academias, universidades), en el sistema de revisión por pares y publicación, y en el reconocimiento internacional (premios Nobel desde 1901), que estructuran la ciencia como empresa social y no solo individual.
Problemas físicos y químicos prioritarios en la investigación actual
Lejos de estar concluida, la ciencia actual afronta problemas de primer orden.
En física fundamental, la gran cuestión abierta es la unificación: conciliar la relatividad general (gravedad) con la mecánica cuántica en una teoría de gravedad cuántica, objetivo al que aspiran programas como la teoría de cuerdas. La cosmología señala que en torno al 95 % del universo está compuesto por materia oscura y energía oscura, de naturaleza desconocida. La física de partículas explora qué hay más allá del modelo estándar (masa de los neutrinos, asimetría materia-antimateria). La detección directa de ondas gravitacionales por LIGO en 2015 ha inaugurado una nueva astronomía. En física aplicada, la computación e información cuánticas, los materiales cuánticos (superconductores, grafeno, aislantes topológicos) y la fusión nuclear controlada (ITER, y avances recientes en confinamiento inercial) concentran enormes esfuerzos.
En química, la prioridad la marca la sostenibilidad. La química verde busca procesos más limpios y eficientes mediante nuevos catalizadores, con la economía atómica como criterio. La transición energética demanda mejores sistemas de almacenamiento (baterías de litio y de nueva generación), pilas de combustible y producción de hidrógeno limpio por electrólisis del agua impulsada por energías renovables:
La lucha contra el cambio climático impulsa la investigación en captura y valorización de . Procesos clásicos como la síntesis de amoníaco de Haber-Bosch, base de los fertilizantes que alimentan al planeta:
se revisan hoy para reducir su gigantesca huella energética. La nanotecnología y los nuevos materiales, la química supramolecular y la frontera entre química y biología (diseño de fármacos, edición genética con CRISPR, predicción de estructura de proteínas con inteligencia artificial —AlphaFold, Nobel de Química 2024—) definen buena parte de la agenda. Como muestra este último ejemplo, gran parte de la investigación puntera es hoy interdisciplinar y está orientada por los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Aplicación didáctica
En el marco de la LOMLOE (Real Decreto 217/2022), la historia y la naturaleza de la ciencia no constituyen un tema aislado, sino un eje transversal presente en los saberes básicos y las competencias específicas de Física y Química en toda la ESO y el Bachillerato. Trabajarlas contribuye de forma directa a la competencia STEM y a la competencia ciudadana, al mostrar la ciencia como una actividad humana, colectiva, provisional y condicionada por su contexto social.
Didácticamente, la perspectiva histórica es una herramienta poderosa: contextualiza los conceptos (por qué se introdujo el modelo atómico, cómo se descubrió el oxígeno), motiva mediante relatos y controversias reales, y permite abordar la dimensión ética y social de la ciencia (energía nuclear, cambio climático, uso de datos). Se presta a situaciones de aprendizaje como líneas de tiempo, recreación de experimentos clásicos (péndulo de Galileo, balanza de Lavoisier), debates o análisis de biografías que visibilicen a mujeres científicas.
Conviene además anticipar concepciones alternativas sobre la propia ciencia muy extendidas entre el alumnado: creer que la ciencia avanza de forma lineal y sin errores; identificar teoría con “opinión no comprobada”; suponer que el conocimiento científico es obra de genios solitarios; o confundir hipótesis, ley y teoría. Explicitar el carácter tentativo, colaborativo y autocorrectivo de la ciencia —y distinguirla de la pseudociencia— es un objetivo formativo de primer orden en la educación científica actual.
Conclusión
El desarrollo de la física y la química se articula en torno a grandes momentos de síntesis y ruptura: la Revolución Científica y la mecánica newtoniana; la fundación cuantitativa de la química con Lavoisier, Dalton y Mendeléiev; la unificación clásica del siglo XIX; y la doble revolución cuántica y relativista del XX. Detrás de cada hito hay científicos concretos, pero también comunidades y, cada vez más, grandes colaboraciones internacionales que han transformado la ciencia en una empresa social de escala planetaria. Lejos de ser un saber cerrado, la investigación actual afronta problemas mayúsculos —desde la gravedad cuántica y la materia oscura hasta la sostenibilidad y la transición energética— cuya resolución exigirá nuevas revoluciones. Transmitir esta visión dinámica, honesta y humana de la ciencia es, además de un contenido del currículo, una de las contribuciones más valiosas que la enseñanza de la Física y la Química puede hacer a la formación de ciudadanos críticos.
- Tipler, P. A. y Mosca, G. (2010). Física para la ciencia y la tecnología (6.ª ed.). Reverté.
- Petrucci, R. H., Herring, F. G., Madura, J. D. y Bissonnette, C. (2017). Química general (11.ª ed.). Pearson.
- Solís, C. y Sellés, M. (2013). Historia de la ciencia. Espasa Calpe.
- Sánchez Ron, J. M. (2007). El poder de la ciencia. Historia social, política y económica de la ciencia (siglos XIX y XX). Crítica.
- Orden de 9 de septiembre de 1993 (BOE núm. 226), por la que se aprueban los temarios del cuerpo de Profesores de Enseñanza Secundaria, especialidad Física y Química (590-007).
- Real Decreto 217/2022, de 29 de marzo, currículo de Educación Secundaria Obligatoria (Física y Química, LOMLOE).